Elige tu mejor personalidad: 5 recetas para un nuevo yo

cambiar tu personalidad

Seguro que eres feliz con tu forma de ser, pero ¿por qué no mejorar? La ciencia te enseña cómo CAMBIAR TU PERSONALIDAD, y nosotros te lo contamos.

Hace ya algunos años, la ciencia descubrió que los rasgos de la personalidad no eran inamovibles. Pero antes de que el público se enterara, lo supieron algunas editoriales y unos pocos escritores.

Así aparecieron títulos como Quién se ha llevado mi queso (seamos serios, por favor), A orillas del río Piedra me senté y lloré (¡es que no había otro lugar!), El poder de tu otra mano (y yo que apenas uso la izquierda) y el impresentable Aunque no lo crea, vale más de lo que piensa. Estos libros han vendido millones de ejemplares estimulando a la gente a cambiar su forma de ser.

Hoy, finalmente la ciencia le gana la batalla a El caballero de la armadura oxidada  y demuestra que es posible elegir las características que nos hacen únicos. La mayoría de los psicólogos están de acuerdo en que este conjunto, responsable de perfilar nuestra personalidad, suma 5 factores muy precisos.

Cinco recetas para un nuevo yo

Estos rasgos son conocidos como los Cinco Grandes: extraversión, afabilidad, conciencia, estabilidad y apertura. La combinación y el porcentaje de estos rasgos presentes en cada uno de nosotros es lo que nos diferencia del resto de los mortales, lo que nos hace únicos.

Pero ¿es posible cambiar estos porcentajes? ¿Se puede lograr, supongamos, una mayor estabilidad emocional? ¿Ser más extrovertidos?. Hoy los científicos aceptan cada vez más que el resultado de quiénes somos está en nuestras huellas genéticas, pero que estas improntas no están escritas con tinta indeleble y pueden ir cambiando.

Sanjay Srivastava y Oliver John, profesores de Psicología de la Universidad de Berkeley en California, Estados Unidos, han descubierto que el ambiente tiene un impacto mucho mayor en nuestra personalidad del que se pensaba hasta ahora. Mediante un estudio realizado entre más de 130.000 voluntarios desde los 21 a los 60 años, llegaron a la conclusión de que a partir de los 20 se desarrolla una mayor disciplina y organización, virtudes propias de la conciencia.

Cuando se llega a los 30 somos más sociales y generosos, cualidades relacionadas con la afabilidad. Pero a medida que envejecemos hay un declive en la capacidad de apertura; cada vez nos volvemos más rígidos en nuestras convicciones. El estudio también confirmó que el sexo tiene cierto peso en el modo en que nuestra personalidad cambia a lo largo del tiempo.

Cambiamos… ¿por genes o por ganas?

El estudio viene a poner más soldados en un campo de batalla muy antiguo: ¿qué es más influyente, la herencia o el ambiente?. Las investigaciones actuales demuestran que al menos un 52% de nuestra inteligencia está basada en el ambiente: el cerebro está constantemente aprendiendo, en un permanente cambio. Es verdad que toda función humana, incluida la personalidad, existe en un espectro que inicialmente está perfilado por nuestros genes.

Pero dónde nos ubicamos en este espectro es una decisión propia y del ambiente en el que vivimos, y no está predeterminada genéticamente. De hecho, no hay un gen único para la inteligencia, la personalidad, el comportamiento ni aun la altura. Todas estas características son poligénicas: están influidas por varios genes. La psicóloga Abby Aronowitz, miembro de la Asociación Americana de Psicología, asegura que hay muchos niveles en la estructura de cada personalidad, y el nivel en que esta actúa en cada momento es sensible a lo que ocurra alrededor.

Así, es posible cambiar nuestra personalidad si intencionalmente alteramos las circunstancias que nos afectan. Aquí se encuentra la primera puerta abierta al cambio: variar el entorno. De todos los mecanismos destinados a modificar nuestra personalidad, este es el más sencillo: no requiere una introspección personal, ni un conocimiento muy profundo de las características y los rasgos propios.

Cambiar de ciudad, de amigos, de trabajo… produce modificaciones en nuestra actitud. Una confirmación en este sentido es el hallazgo realizado por psicólogos de la Universidad de Texas, que han descubierto que, cuando hablamos otro idioma, características básicas de nuestra personalidad, como extraversión y neurotismo, cambian para que nos parezcamos a los que hablan el otro idioma. Pero estos cambios a menudo no son conscientes, sino que son adaptaciones al nuevo medio en el que nos encontramos.

Para producir un cambio más sustancial hay que saber reconocer cuánto nos influyen los 5 grandes y cómo manipular esa influencia en nuestro beneficio.

Personalidad: la necesidad evolutiva

En este sentido, para Antoni Bolinches, psicólogo clínico y miembro de la Academia de Ciencias Médicas de Cataluña y Baleares: «Se puede cambiar la personalidad a partir del comportamiento si entendemos cambiar por mejorar. Pero es necesaria cierta plasticidad. Y con los años se pierde. Hasta los 40 o 50 años, las posibilidades son grandes.»

Scott Wetzler, jefe de Psicología del Centro Médico Montefiore de Brooklyn, coincide con Bolinches: “Es posible aprender a modificar ciertos rasgos de la personalidad, cambiando comportamientos que parecen ser dominantes, como la timidez y los arranques de ira. Si esos rasgos pasan de dominantes a ser controlables, parece que hemos cambiado, pero sólo hemos controlado una característica dominante.”

Este tipo de cambio requiere un conocimiento personal muy objetivo y a la vez vasto, y es el más difícil de alcanzar, pues ni es provocado por un nuevo entorno, ni se origina en un acontecimiento sorpresivo, la tercera causa posible de cambios en la personalidad.

De hecho, el modo en que lidiamos con lo inesperado es parte de nuestra personalidad, y ser consciente de ello puede llevarnos al cambio. “Cambiar la personalidad es como conducir un velero”, explica Wetzler. “No se puede dar un giro brusco, pero unos pocos grados bastan para llevarnos en una dirección distinta.”

Sea que nuestra personalidad es principalmente genética o mayoritariamente influida por el ambiente, la realidad es que cambiar es una necesidad evolutiva.

Bolinches lo explica del siguiente modo: “La persona no cambia voluntariamente, sino a través de una crisis que le hace plantearse su realidad. Nos planteamos una modificación cuando queremos resolver algo que nos causa un sufrimiento, y es lo que activa un cambio. Cuando uno está bien, no precisa cambiar.”

Ser optimista es una característica muy valorada a la hora de evaluar una personalidad y, por lo tanto, se piensa que el pesimismo es un defecto. Sin embargo para Julie Norem, profesora de Psicología del Wellesley College de Estados Unidos y autora del libro El poder positivo del pensamiento negativo, los pesimistas tienen tanto éxito como los optimistas. Solo que sus tácticas son diferentes. Por ejemplo, los pesimistas defensivos, que de acuerdo con Norem suman un 25% de la población mundial, recurren a la estrategia de imaginar el peor escenario posible para estar prevenidos.

Ambiente y herencia pueden convivir

Al mismo tiempo que en California descubrían que la personalidad cambia aun después de los 30, en el Instituto Salk, ubicado en el mismo estado, encontraban el gen responsable de que nuestro cerebro sea único y distinto en cada ser humano. ¿Será este el gen responsable de nuestra personalidad?. Su nombre es L1. Forma parte de los llamados genes saltarines, unos “parásitos genéticos” cuyo único propósito es autocopiarse.

Sorprendentemente, el 95% del genoma humano está compuesto por ellos. En concreto, los L1 suman el 20% de nuestro ADN. Durante la investigación fueron introducidos en ratones, y se copiaron a sí mismos para convertirse en genes clave en células neuronales, alterando la actividad de los genes vecinos y cambiando el tipo de células en las que estos se convertían. El director del estudio, Fred Gage, especula que estos genes son parcialmente responsables de las diferencias cerebrales entre los individuos. Pero hay una pregunta que va más allá: ¿que nuestros cerebros sean distintos es lo que hace que nuestra personalidad también lo sea? Aún es pronto para saberlo.

Lo que sí sabemos seguro es que cambiar resulta una necesidad evolutiva.

Entonces… ¡a evolucionar se ha dicho!

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