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La maldad del ser humano: ¿se aprende o se nace con ella?

¿La maldad es algo innato o por el contrario se aprende? ¿Influye el contexto en su manifestación? ¿Existe el gen de la maldad? ¿Tienen los psicópatas una composición diferente al resto de personas? Estas y muchas otras inquietudes, han acompañado al hombre durante parte de su existencia. Intentarlas resolver, en algunos casos, continua siendo un enigma. Hablemos de ello.

El gen de la maldad

Hace años, diversos estudios apuntaban al descubrimiento del cromosoma X que fabrica la MAO-A. Se pensó que se había descubierto una explicación biológica de la misma, con su supuesto sentimiento de tranquilidad (¡al fin había una explicación!) y/o la clasificación que el mismo despertaba: si no lo tenías no formabas parte de ese grupo y no debías preocuparte. Estudios posteriores, no encontraron fundamento en tal teoría, lo que indicó que influían muchos más factores en la manifestación de la misma.

Actualmente, se sabe que pese a la influencia de determinados rasgos biológicos, el contexto y las circunstancias ambientales cobran una gran relevancia. Ambientes desestructurados, apego poco seguro hacia cuidadores principales, donde uno de los progenitores estuvo ausente, antecedentes de alcoholismo o malos tratos, son sólo algunos de los denominados factores de precipitación hacia conductas de este tipo.

El concepto de maldad a lo largo de la historia

Acerca de la maldad se ha escrito infinidad de artículos y se han realizado múltiples estudios intentado explicar este fenómeno. Resulta imposible hablar de este tema y no hacer alusión de dos grandes experimentos que generaron gran controversia en su día: el primero, el experimento de Milgram, donde los participantes del mismo, personas absolutamente convencionales, acabaron administrando descargas de hasta 240 voltios a otros, y, el segundo, el de la de la prisión de Stanford, donde se debía asumir el rol de carcelero o preso y los integrantes acabaron creyendo el papel hasta el punto que el estudio se tuvo que anular porque a los propios investigadores se les fue de las manos.

Ambos experimentos ponen de manifiesto que casi cualquier persona en las circunstancias favorables puede mostrar signos de perversidad, inclusive, aquellos sujetos que jamás mostraron conducta alguna de la misma. Pero no todo es tan negativo; también es cierto que un porcentaje, mínimo eso sí, de sujetos no fueron permeables al contexto y se mantuvieron firmes a sus principios de no herir a otros. 

Rasgos de personalidad característicos de la maldad

Pese a lo anteriormente expuesto, sí se ha visto que existen diferentes rasgos que pueden aludir a la manifestación de la misma. Hablaríamos de dos perfiles diferenciados: en primer lugar, la maldad de tipo neurótico, caracterizado por la dificultad de control de impulsos y carencia de límites con respecto los demás y que suelen responder al perfil de «vengador». Y en segundo lugar, la maldad de tipo psicopática, con rasgos de tipo antisocial de personalidad, es decir, personalidades que delinquen o se mueven al límite de la legalidad y que suelen hacer un abuso de los demás, generalmente responden bajo premeditación y alevosía.

Aun y así, cabe destacar que cualquier persona, posea los rasgos que posea, ante situaciones de estrés puede manifestar conducta perversa.

Tratamiento asociado a la maldad

Suele ser complicado que una persona contacte con un profesional en salud mental por este tema, generalmente vienen derivados por centros especializados, lo que conlleva que no contacte en parte por voluntad propia, o bien, se trata de un motivo encubierto o un factor que se descubre después de varias sesiones. Es importante centrar las sesiones en los siguientes puntos:

  1. Reconocimiento de la emoción: Las personas que manifiestan conductas de este tipo suelen tener serias dificultades para entender sus emociones, principalmente porque no las reconocen y mucho menos pueden nombrarlas. El primer objetivo terapéutico radicará en que detecten la emoción, la identifiquen y le pongan nombre a la misma.
  2. Gestión de la emoción: Una vez identificada la misma, será conveniente aprender a gestionarla de tal forma que no implique un daño, ni con uno mismo, ni con los demás. Canalizarla hacía vías productivas, como la actividad física o la meditación, son buenos ejemplos.
  3. Control de impulsos: Parte de las dificultades de estas personas radica en el control de impulsos. En terapia, se aplican técnicas para aprender a demorar la recompensa y los beneficios que se obtiene de ello.
  4. Trabajo en empatía: Es importante saber ponerse a la piel de los demás para comprender y tal vez modular nuestras actuaciones. El trabajo en empatía es complejo pero los resultados pueden ser altamente satisfactorios.

Es importante saber que pese a la base que cada uno tenga, ciertos comportamientos pueden ser moldeables y que, con la actitud y el compromiso de cambio adecuado, se pueden obtener resultados muy favorables.

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