El erotismo de Don Quijote

Don Quijote, el Lascivo

Aunque comúnmente se recuerda al Caballero de la Triste Figura por su casto amor hacia Dulcinea, lo cierto es que al personaje le asaltan a menudo pensamientos muy lascivos. Así, cuando evoca al personaje de la princesa Melisendra, se la imagina “holgándose en Francia con su esposo a pierna tendida”. Y el verbo “holgar”, que viene del latín follicare, significaba entonces “hacer el amor”.

Pero la calenturienta imaginación de don Quijote va aún más lejos, de modo que casi todas las damas con que se topa anhelan yacer con él. Un ejemplo lo tenemos en la primera venta en la que recala el caballero. Su mente trastornada piensa que es un castillo y que la hija del ventero es una hermosa princesa, la cual, “vencida de su gentileza, se había enamorado dél y prometido que aquella noche, a furto de sus padres, vendría a yacer con él una buena pieza”.

La aventura prosigue de forma muy cómica, pues la que aparece por la estancia es Maritornes, una prostituta que acude a retozar con un arriero que comparte la estancia con don Quijote. Pero el caballero, en su locura, piensa que es la princesa quien acude a ofrecerle sus favores, y la abraza. “Tentole luego la camisa, y, aunque ella era de arpillera, a él le pareció ser de finísimo y delgado cendal. Traía en las muñecas unas cuentas de vidrio, pero a él le dieron vislumbres de preciosas perlas orientales. Los cabellos, que en alguna manera tiraban a crines, él los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del mismo sol escurecía…”

El deseo ciega a don Quijote, quien cree ver belleza donde sólo hay fealdad, y este episodio “erótico” concluye con la soberana paliza que entre Maritornes y el arriero le propinan al atribulado hidalgo.

Pero los golpes no acaban con los delirios eróticos del caballero, quien (en la segunda parte de la novela) se niega tajantemente al deseo de la Duquesa de que le sirvan cuatro doncellas “hermosas como flores”, porque está convencido de que las jóvenes lo seducirán y acabará sucumbiendo.

Don Quijote es, por tanto, un caballero idealista, pero también esconde un lado lúbrico que le atormenta. Y por si fuera poco, en el episodio de Sierra Morena descubre una faceta de exhibicionista, cuando le dice a su escudero:

“Por lo menos, quiero, Sancho, y porque es menester ansí, quiero, digo, que me veas en cueros, y hacer una o dos docenas de locuras…” Y lo cumple tan al pie de la letra, que descubre “cosas que, por no verlas otra vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante”.

Mirones indiscretos

Muchos personajes del Quijote se comportan como voyeurs. El cura, el barbero y Cardenio ven, junto a un río, a un joven que se lava los pies, cuya blancura y belleza les deja anonadados, y se esconden para observar mejor. El joven se quita la montera y, en ese momento, se le desparraman los cabellos.

¡En realidad se trata de una mujer, y los pies que han visto son femeninos!

Quizá hoy día cueste entender el erotismo que encierra esta escena. Pero al pie se le rendía en el Renacimiento y Barroco un culto fetichista, ya que era considerado la parte femenina más erótica. Cualquier mujer decente de la época ponía el máximo celo en ocultar sus pies a la vista de los demás.

Y la escritora Madame d’Aulnoy, en su Relación del viaje de España (1691), refiere: “He oído decir que, después que una dama ha tenido con un caballero todas las complacencias posibles, enseñándole el pie es como le confiesa su ternura, siendo lo que se llama último favor”.

En otro pasaje de la obra, los galanes Fernando y Cardenio contemplan a Luscinda a través de la ventana de su dormitorio. La chica está en sayo, una especie de combinación que cubría hasta las rodillas. Esto, en un tiempo de perifollos, corsés, tontillos y miriñaques, significaba ir ligerísima de ropa, hasta el punto de que Fernando se queda totalmente turbado con la visión: “Todas las bellezas hasta entonces por él vistas las puso en olvido. Enmudeció, perdió el sentido, quedó absorto, y, finalmente, (…) enamorado”.

Un ardor insaciable

Casi todos los personajes que aparecen en la obra, ya sean jóvenes o ancianos, parecen poseídos por un furor erótico tan desmedido que es capaz de romper cualquier vínculo de lealtad. Y así, el criado que custodia a Dorotea, cuando se ve con ella en la soledad de los campos, la requiere de amores y, ante su negativa, usa la fuerza para conseguir sus fines.

Y las mujeres tampoco recatan su deseo. La princesa mora Lela Zoraida no pierde la ocasión de requebrar a su amado (el cautivo) cuando se encuentra a solas con él. Incluso cuándo se encuentran en el barco que les conducirá de vuelta a España, ni la presencia del padre de ella modera sus deseos.

Pero si estos comportamientos humanos no causan mucha sorpresa, qué decir del celo desatado de los animales. Porque hasta las bestias que aparecen en El Quijote parecen contagiadas de la atmósfera erótica de la obra.

Al comienzo de la aventura de los yangüeses, a Rocinante (el jamelgo de nuestro protagonista) se le viene el deseo de “refocilarse” con las jacas: “Y saliendo, así como las olió, de su natural paso y costumbre, sin pedir licencia a su dueño, tomó un trotico algo picadillo y se fue a comunicar sus necesidades con ellas.”

Promiscuidad

Don Quijote de la Mancha es una novela repleta de amantes que se encuentran, se desencuentran, se prometen, se traicionan… Eróticamente hablando, es una obra casi libertina, lo que, en una época donde se llegaba a asesinar en nombre del honor, resulta sorprendente.

Y uno de los fragmentos más perversos es el conocido como La historia del curioso impertinente, en la que Anselmo, un marido estúpido, queriendo probar la virtud de su esposa, Casilda, acaba logrando que esta se arroje en brazos de su mejor amigo, Lotario.

Rizando el rizo de la audacia, Cervantes hace que Leonela, criada de Camila, al descubrir los amores adúlteros de su ama, se sienta con derecho a meter también a su amante en el lecho. Cuando Camila se apercibe de ello y le pregunta si han hecho algo más atrevido que hablar, ella “con poca vergüenza y mucha desenvoltura, le respondió que sí… Porque es ya cosa cierta que los descuidos de las señoras quitan la vergüenza a las criadas…”

Otro pasaje de alto voltaje erótico lo protagoniza Cardenio, enamorado de Luscinda, aunque no tiene empacho en que su amigo Fernando espíe a su amada desnuda. Lógicamente, Fernando enloquece de deseo y traiciona a Cardenio fugándose con ella.

En otro pasaje de la obra, los galanes Fernando y Cardenio contemplan a Luscinda a través de la ventana de su dormitorio. La chica está en sayo, una especie de combinación que cubría hasta las rodillas. Esto, en un tiempo de perifollos, corsés, tontillos y miriñaques, significaba ir ligerísima de ropa, hasta el punto de que Fernando se queda totalmente turbado con la visión: “Todas las bellezas hasta entonces por él vistas las puso en olvido. Enmudeció, perdió el sentido, quedó absorto, y, finalmente, (…) enamorado”.

La inversión de sexos

En El Quijote las uniones carnales se encadenan sin más bendiciones que las de la propia naturaleza. Y Cervantes da un paso más en el terreno de la provocación usando como recurso cómico un tema que excitaba la fantasía de sus contemporáneos: el travestismo.

Así, Dorotea, tras ser deshonrada por su amado, se viste de labrador y marcha a Sierra Morena para buscar al seductor y obligarle a cumplir sus promesas de matrimonio. Y no es el único personaje femenino de la obra que se camufla bajo prendas masculinas.

Y el motivo parece claro: la mujer vestida de hombre desprendía para los contemporáneos de Cervantes un erotismo feroz. Desde que en 1587 se permitió que las mujeres aparecieran en escena (antes eran hombres los que representaban sus papeles), los dramaturgos utilizaron profusamente el procedimiento. Y abusaron hasta tal punto de él, que las autoridades eclesiásticas comenzaron a poner el grito en el cielo: en los años 1608 y 1615 se aprobaron reglamentos que decían que “las mujeres (…) no representen en hábitos de hombres.”

Igualmente, la obra está plagada de hombres que se hacen pasar por mujeres. Y resulta cómico a la vez que osado que uno de los primeros personajes de la novela sea el cura. Es un recurso humorístico, y el propio personaje del sacerdote, dándose cuenta de lo ridículo que está, decide despojarse prontamente de tales ropajes.

El pasaje hace que Cervantes sea una vez más merecedor de nuestra admiración por su atrevimiento, ya que, por mucho menos, había quien daba con sus huesos ante el tribunal de la Inquisición.

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